Nyotaimori

Nyotaimori

Me perdí entre las tiendas de especias en busca de fibras de jengibre, sésamo y salsa de soja, completamente enfrascada en hacer realidad mi fantasía erótica. Pese a que me esmeré en hacerme con todos los ingredientes, en realidad la sorpresa no era en la comida en sí, sino el envase donde me disponía a servirla. 

Al llegar a casa, extrañó el exótico aroma que escapaba de la cocina, que era inusualmente cálido, dulce, algo sofisticado. Asomó incrédulo su nariz por la puerta para descubrir que la cena ya estaba servida. No tuve que explicarle. Sobre la mesa, dos copas, una botella de vino y, en el centro, mi cuerpo desnudo decorado con una crema con sabor a cereza entre mis piernas. Alrededor, minúsculos trozos de salmón y tempura de verduras. Sashimi de atún con gotas de limón que subían por mi vientre hasta llegar al caviar rojo que rellenaba mi ombligo. Esparcidas por los senos, hebras de langosta y sobre cada pezón una lámina de jengibre.

Se deshizo de la chaqueta y tomó asiento fascinado por el banquete. Lamió despacio el entrante con sabor a cerezas para continuar degustando la mezcla de sabores, paseando sus labios entre las piernas y apurando el dulce aderezo. Aspiró el contenido del ombligo saboreando la mezcla del pescado con el de mi piel. Reptando con los labios por la tibia superficie, se tropezó con hilos de arroz entre los senos que los recuperó con la lengua. Se recreaba en cada rincón, cada superficie, lamiendo y besando, degustándome completa.

Por encima de su cabeza oía mis suspiros profundos, íntimos, cómplices de su cocinera, ahora convertida plato estremecido. Su lengua se deslizaba por rincones con sabor agridulce, lamiendo la salsa sobre mi vientre o sorbiéndome entre las piernas. Allí por donde transitaba ávida y lujuriosa, el aliento me quemaba la piel, me derretía confundida con los sabores del banquete. Su apetito despertaba en mí un placer desconocido hasta entonces. Me sentía entregada, sometida al capricho de su boca.

Cuando se hubo saciado se recostó complacido y excitado. Nos mirábamos con ternura en lo que él abría la botella. Brindamos por las habilidades de la cocinera. El resto de la noche me tomó hasta la extenuación con tierna firmeza. Volvió a devorarme una y otra vez sobre aquella misma mesa que aun olía a especias, a enebro y soja, a vino y a deseo.

NATALIA

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