El VAIVEN DE KAMA

El vaiven de cama

El VAIVEN DE KAMA

Sucedían aún exquisitos momentos en la decadente Alejandría. El exotismo que me ofrecía tan culta e ilustre urbe, y mi devoción por ciertos atisbos orientales deparaban una sugestión plena de pasión que ansiaba satisfacerse.

Cuando los vertiginosos efectos del mundanal ruido urbano iban declinando, me apresuré a entrar en el café Triatlón. Una vez me acomodé en el interior, y tras solicitar un té verde acompañado de unas pastas típicas, pude comprobar que la luz comenzaba a atenuarse. La razón de este apagón voluntario no era otra que la aparición de la bailarina local Kama Amunet, cuya actuación pertinente constaba en una pequeña tarjeta que había en mi mesa.

Comenzó el acto. La piel cobriza de Kama resaltaba de entre los efectos sonoros de sus lentejuelas y flecos. Su zaina melena ensortijada tampoco le iba a la zaga, aunque parecía seguir otros designios impulsados más allá del oriundo cascabeleo de sus crótalos. Yo no tenía duda de que pudiera tratarse de una fierecilla domada intentando ceñirse a un mero protocolo turístico, referido a un simple baile local. El caso es que percibía en ella un lascivo torrente irrefrenable. Ello quedó patente desde el primer cruce de miradas, emanadas de sus hermosos ojos marrones.

Conforme iban cesando los compases de Anta Oumri Kama devino en otro tipo de danza: me expuso una elucubración interior de la que quería hacerme partícipe. Por eso insistió tanto en mi camaradería para llevar a la práctica tan particular degustación.

El Vaiven de Kama

Una vez desprendida toda ligadura superflua de su grácil silueta, Kama prosiguió con unos contornos similares a los de su interpretación musical. Ahora lucía ‘a pelo’, insinuándose cual gata en celo, no escatimando esfuerzos en destapar los tarros de las mil y una esencias posibles, con el objeto de deleitar todos y cada uno de mis sentidos.

Olía a hierbabuena y a azafrán; me susurraba al oído con una sugestión indescifrable; condujo mis manos a sus senos, cuyos pezones declaran una palpitante declaración de intenciones que ansiaba una rápida respuesta. Yo respondí palpando su sexo cuan sediento tipo curioso se aviene a saciar cualquier ocasión excepcional en la vida. De la misma manera, me adentré en aquella caverna acuosa, dejando atrás un escaso pero frondoso monte venéreo.

Posteriormente, moldeé aquella cintura descendiendo por sus lujuriosas caderas…

Cuando quise entregarme, la función ya había finalizado.

Autor : Piedone

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