OJOS QUE NO VEN…

ojos que no ven

OJOS QUE NO VEN…

Mis ojos se esfuerzan vanamente en ver todo aquello que la seda les impiden. Mí olfato reconoce un intenso olor. Mi oído percibe el sonido de unos tacones que dubitativamente se abren paso a través del pasillo, indicándome, que poco a poco, nerviosa y a tientas, se está aproximando. Intuyo sus pasos ahora descalzos, cada vez más próximos, hasta que se detienen junto a los pies de la cama.

Lentamente con suavidad, oigo como una a una, cada prenda resbala sutilmente por su cuerpo, hasta llegar al suelo enmoquetado de nuestro clandestino punto de encuentro. Con una larga respiración profunda se prepara a dar ese simple paso que nos separa, ese paso que hoy todo cambiará. Con decisión, sube a esta cama, y comienza a acariciar lentamente mi cuerpo. Su tacto, suave y delicado, me deja sin aliento. Cada centímetro que se atreve a conquistar me sume de lleno en una enajenación de la que ni puedo ni quiero escapar. Palmo a palmo descubrimos nuestros desnudos cuerpos. Bajo mi tacto siento y paladeo su perfecta imperfección curvilínea. Con las yemas de mis dedos descubro y celebro cada lunar, cada cicatriz, cada recóndita parte de su anatomía, que bajo mi paso reacciona, se excita, se pone erecta.

A modo de avanzadilla, con mi dedo índice acaricio suavemente el meridiano de sus carnosos labios. Poco a poco mino sus líneas defensivas, consiguiendo por desgaste que me permita adentrarme en la humedad de su boca. Ahora siento su lengua. Me lleno de valor, respiro hondo y la beso, saboreando su ser.

La beso, la recorro y acaricio con la punta de mi lengua todo el largo camino que me separa de sentir por primera vez su íntimo sabor. Me deleito, la siento y la saboreo hasta notar como poco a poco se derrite sobre mi boca. Nuestro pulso se acompasa y acelera de manera irremediablemente fatal. Necesito sentir el calor íntimo que mana de su interior. Necesito hacerla mía. Necesito hacerme suyo.

Y de pronto, sin querer poner remedio, los dos, nos hacemos uno.

-Nos hemos descubierto.

-Nos hemos conocido.

-Y hemos explotado.

Ahora, flotando, en silencio, ciegos, sordos, mudos, inertes y exhaustos, yacemos convalecientes de las heridas del deseo, esas heridas que no hemos visto o no hemos querido ver ni siquiera mientras llegaban.
Ojos que no ven…

Autor : El hombre sin rostro

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