ADICTA

Obsesiva me siento, sin embargo, insistente no soy.

Esto discrepaba mientras jalaba a mi amante del brazo para que  no me abandonara, mi ser hambriento no quería que este hombre dejase de sembrar lujuria en mi interior, no me importaba nada, ni el hecho de humillarme podría cambiar mi opinión, si era necesario dejaría que a mordiscos me desgarrara el pezón por sentir tan ardiente erección, no sabía porque, el rechazo y el mal trato me provocaban tal desmedida excitación, saber que jamás lo tendría  hacían que mi pelvis suplicara por la penetración que quemase en lava ardiente mi desesperación. El acto era embriagante, el roce cautivante, la lucha cuerpo a cuerpo era mi mayor deseo, la humedad de nuestras bocas en lenguas gustosas que sincronizaban sus movimientos virtuosos al ritmo de mis caderas azotadas, que eran envestidas por mi amante en la escalera, siempre me tomaba de espalda, para así tener el dominio de mi cuerpo y maltratarlo sin piedad sin tener que mirarme la cara, su rabia al envestirme era lo que llenaba el vacío de no tener nada.

Si pudiese zacearme con ternura, entonces el sexo sería el segundo don de John, quien utilizaba mis carencias afectivas para nutrirse de su semental creación y una vez tomado el elixir de mi cuerpo, decir adiós, cosa que conmigo jamás resultó, porque nuestro juego era la súplica y el castigo, voyerismo que le ofrecíamos a diario a su bella esposa Marión, quien no gozaba del placer de la candente pasión, pero que si disfrutaba cuando veía la furia que desataban mis senos en su amado e inmaculado John.

El idilio terminó, cuando conocí a mi gran amor, con el que nunca  tuve sexo carnal, porque este me hacia el amor, que gran aberración.

¿Adicta yo?

Te extraño John.

 Analiz

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