Bajo un manto de lluvia le acarició la mejilla intentando eliminar el rastro de las lágrimas que había derramado por su culpa. Hizo que levantara la barbilla y depositó suaves besos sobre sus labios una y otra vez acallando las protestas. 

Las ansias le hicieron devorarla claudicando los intentos de ella por escapar de él. Irrumpió en su boca mezclando sus lenguas, sabores y deseos, conduciéndola hacia una espiral de placer, reactivando de nuevo las ascuas del amor que antaño se profesaran. Con su mano dirigiéndola, apartó el rostro para concentrarse en su cuello y marcarla como suya, descendiendo más allá de su clavícula. Con su lengua hizo el camino que se presentaba ante él hasta alcanzar la perla hinchada que era su pezón y quiso robarle un gemido al cerrar su boca sobre él. No dejó huérfano al otro, este siendo igual de atendido por su mano como el que se deleitaba entre sus labios.

Notó el movimiento y sonrió ante su pareja pues la excitación y su sexo le avisaban de su necesidad. Colocó sus manos en las caderas y fue delineando las curvas de su compañera hasta quedar de rodillas frente a ella para, después, subirlas por las piernas desnudas, sus muslos internos, abriéndola para él, obligándola a ceder en su placer, pronto satisfecho con un elemento mucho más húmedo y caliente, un instrumento torturador que jugueteó con su clítoris al tiempo que algunos dedos juguetones se internaban en cierto lugar íntimo con un único objetivo: lo que habían esperado durante tantos años.

Los suspiros intensificados, las manos temblorosas que lo asían y dirigían descubriéndole la mejor forma de complacerla, hicieron que cerrara el grifo de la ducha. Tenía toda la noche para redescubrirla y saciar los años que la vida los había mantenido separados. 

Autor:
Encarni Arcoya 
bara.akai@gmail.com