Calor… Me incorporé con pereza en la tumbona y, apoyada sobre los codos, observé el mar, oculta tras las gafas de sol.

Él… habíamos coincidido varias veces durante esos días. Esa misma mañana nos cruzamos en la puerta del ascensor, donde había dejado impregnado el aroma de su perfume y el olor característico del erotismo hecho hombre. No le conocía, pero apostaría una mano a que le reconocería con los ojos vendados solo por su fragancia.

Las suaves olas mecidas por la brisa… acariciaban su piel teñida por el sol. Mis manos protestaban de envidia por no ser ellas el mar que lo humedecía.

Mi incontrolable imaginación… a través de ella pude visualizar la más excitante de las escenas: Él y yo bajo la ducha hidromasaje de la habitación, cuatro manos bailando envueltas en espuma con esencia de chocolate. Formas rectas entrelazándose con curvas sinuosas que, unidas, recorrían el camino de la pasión sin prisas pero sin pausa.

Volví a la realidad, crucé las piernas con fuerza para tratar de controlar la excitación que palpitaba en la zona más íntima de mi cuerpo.

El desconocido se dirigía con paso firme hacia donde yo me hallaba. Analicé con precisión su anatomía, con los labios entreabiertos. Sus pectorales eran lujuria, sus abdominales pecado; esos oblicuos que formaban una uve de deseo eran, para mí, el vértice de una flecha que apuntaba directa al centro y origen de un placer fálico. Todo mi cuerpo era lascivia. Mis pezones se irguieron con descaro.

Se quedó de pie frente a la tumbona vecina. Pude seguir el recorrido de una gota de agua desde su melena hasta el vello que asomaba por su bañador.

Tragué saliva, me levanté y me marché a la habitación para aliviar mis necesidades, imaginando que era sus manos las que me tocaban.

Autor:
Beatriz Peris 
beaperisba@gmail.com