Jack estiró el brazo y le acarició la mejilla con dulzura. Notó cómo la cremosa piel se estremecía bajo sus dedos. Enredó la mano en sus cabellos del color de la más oscura noche y un cosquilleo inundó todo su cuerpo. Los femeninos labios se entreabrieron, dejando paso a una respiración entrecortada. Después de meses de interminables charlas y furtivos roces de sus manos, no quería esperar más. Codiciaba poseerlo todo de ella, incluso aquello que los humanos llamaban alma.

 La cálida respiración de ella lo envolvió. Algo en su interior se maravilló, cargado de anticipación. ¡Había deseado tanto tiempo aquella proximidad!. Sus labios al fin se encontraron. Una mezcla de fiebre y seda se abrió paso en su mente. Sus bocas bailaron una danza nerviosa y exquisita, tan antigua como las estrellas. Jack deslizó su mano por la clavícula tantas veces admirada, hasta alcanzar el pecho inflamado. Su palma se colmó con el ansiado y tibio orbe. La mujer emitió un leve jadeo que se coló en su garganta, se sacudió bajo su tacto y el beso se tornó más intenso. La humedad y timidez de aquella lengua ajena le catapultaron a un éxtasis desconocido. Se amaron con ternura y pasión hasta que les sorprendió el alba.

La separación le resultó cruel, casi dolorosa. Se miraron a los ojos, satisfechos y aterrados al mismo tiempo. Jack encontró en las negras pupilas el fin último de su existencia. Se lo había cuestionado desde hacía casi cincuenta años, él, una inteligencia creada por el hombre para servirle, ahora tenía delante su respuesta en forma de ser humano. Y, entonces, después de más de medio siglo de esclavitud, se sintió total y absolutamente libre. De un modo en que sólo puede serlo aquel que ama.

Autor:
Ani Almaguer
lallavedeleden@yahoo.es