Ayer volví a verla de nuevo, su sonrisa y el dulce contoneo de sus caderas al andar me vuelven loco, es una Diosa.

Otra vez le hice el amor en mis sueños.

Mordí el borde superior de encaje y tire fuertemente haciendo que sus braguitas se deshicieran en mil pedazos, introduje mi lengua en el interior de los carnosos y abultados labios vaginales y saboreé aquel inflamado clítoris, lleno de deseo.

Ella cerró los ojos y dejó caer su cabeza, yo me erguí y aprovechando que ella estaba extasiada, la penetré con una estocada certera y pasional, ella lanzó un grito y me miró con los ojos muy abiertos, en ellos vi reflejado ese calor que la devoraba y que estaba dispuesto a calmar. La cogí en vilo y empecé a follarla como si me fuera la vida en ello. Ella gritaba de dolor y gozo.

_Fóllame, por favor, fóllame como nunca antes lo han hecho, hazme tuya y dame toda la fuerza que tienes dentro de ti.

Yo, espoleado por sus palabras aceleré mis acometidas haciendo que nuestros genitales se juntaran con más celeridad y más fuerza. La cogí de su larga melena, enredé mis dedos en su pelo y tiré hacia abajo, ella gritó mientras decía:

_Dios mío, me corro, no pares por favor.

Yo separé mi cuerpo y con dos embestidas más, hice que el rio de la vida corriera dentro de mi pene, quemando a su paso todo lo que tocaba, saqué mi polla de dentro de ella y mientras mi semen caliente caía sobre su cuerpo, con mis dedos seguía haciendo que su cuerpo soltara los flujos que hasta ese momento yacían dormidos en su interior, después de corrernos hasta agotar las fuentes del deseo, nos abrazamos besándonos hasta que el sopor invadió nuestros cuerpos.

Autor:
Diego Del Rio
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