En el anuncio requerían mujeres con traseros generosos. Así que decido presentarme al casting. La secretaria anota mi nombre y me hace pasar tras un biombo. Siguiendo sus instrucciones, me quito la falda. Una vez comprueba que no llevo faja ni prenda opresiva alguna, procede a medirme el contorno de caderas. Ciento dieciséis centímetros. Esboza una mueca de satisfacción.

Mientras vuelvo a vestirme, me explica que debo dar mi consentimiento para que el anunciante me examine. Acepto acompañarla a la sala.

-Señor Kunda, le presento a la señorita Marey.

-Señorita, es un placer -responde un sonriente hombre de raza negra. Me toma de los hombros, me gira y resopla. Sé que le gusta lo que está contemplando.

-Gracias, June –dice con elocuencia, y espera a que la secretaria se retire-. Soy percusionista de cuerpos. He aquí mis instrumentos.

Observo una formación de hombres desnudos. A una señal de sus palmas, se colocan en semicírculo y el señor Kunda golpea sus musculosos pectorales como si de timbales en vertical se tratase.

A continuación, señala hacia una formación de mujeres, también desnudas. Poseen una anatomía similar a la mía. Tras la pertinente señal, suben a una tarima dispuesta en dos alturas, se dan la vuelta y se arrodillan. Se pone de manifiesto la práctica que tienen en tomar posición. El músico, entonces, palmea las nalgas de todas ellas.

-Faltas tú para completar los armónicos –me dice, clavándome su oscura mirada-. Ven. Voy a afinarte.

¡Estoy impresionada! Me excita poder formar parte de una orquesta humana. Sin titubear, me desnudo, me acerco y acepto su ayuda para subir a la tarima. Me acomodo en el espacio que me ceden mis compañeras, me arrodillo de espaldas a él… Y tiemblo de placer ante el vehemente tacto de sus manos.

Autor:
Erika Cipré
erikacipre@hotmail.com