Llegó el momento tan ansiado y deseado por los dos.

Subimos a la habitación con vistas a la Alhambra que con tanto mimo escogiste. Abrimos las ventanas, las cortinas de lino blanco se mecían con la leve brisa que entraba en el dormitorio. Supiste decorarla para nuestro momento con las mejores rosas blancas que encontraste en aquella coqueta floristería junto al hotel. Y una, sólo una, depositada sobre nuestra cama. La selección musical también escogida por ti, sabiendo lo que me gustaba… lo que nos gustaba, nuestras canciones, las que han formado parte de nuestra historia.

Tus ojos de repente en mí. Esos ojos que cambiarían de intensidad a lo largo de la tarde y que se adecuaban a lo que mirabas o admirabas. Tus penetrantes ojos mirándome, ansiándome, deseándome, la seguridad en ti, nuestra respiración agitada, los corazones desbocados en un mismo compás, la antelación.

Tres pasos hacia mí seguros, eficaces, lentos. Tu acercamiento…, tu olor…, y tu sabor. Ese primer beso, un leve roce de tus labios con los míos que hizo estremecer partes de mi cuerpo que nunca había notado. El vello de punta, la piel encendida, la sensación de placer en mi estómago y la punzada en mi interior… ¡todo eso en un primer beso!

Seguidamente hubo un segundo y un tercero pero no cuando yo quise, las riendas eran tuyas. Seguro de ti mismo, te apartaste cuando yo quise corresponder ese primer beso… no era el momento… tenías que crear más sensación aún de deseo, de ansia, de pasión. Y fuiste caprichoso. Un beso en mi sien, luego en mi mejilla, a continuación bajaste por el contorno de mi garganta y por fin otro en los labios, húmedo esta vez y la sensación de tu lengua dentro de mi boca… ¡ah, qué sensación!

 

Autor:
María Belén Martín
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