Decrepitud

Decrepitud

Siempre supo que aquella sería su última conquista, rozando los cincuenta disfrutar de aquella princesa de ébano era una oportunidad que no iba a dejar escapar.

La piel canela brillaba con la luz de la chimenea, su largo pelo zaino cubría unos pequeños pechos acabados en diminutas aureolas coronadas con pezones color chocolate. Succionar aquellos montes resultaban tan placentero cómo excitante. Mientras sus labios y lengua se deleitaban en una de las trufas, la otra mano masajeaba y pellizcaba la otra.

La joven se dejaba hacer, notaba la experiencia de aquel hombre. Sin haber llegado aún a tocar su sexo, sentía cómo la entrepierna se anegaba. La mente se liberó y dejó que su alma se fundiera con aquel tipo que pulsaba una y otra vez los resortes del placer.

A pesar del frío exterior, la habitación caldeada por los fuegos de la leña y del amor hizo que el sudor recorriese ambos cuerpos, facilitando el roce. El movimiento cadente de caderas y manos buscaban pacientes leer cada línea de sus amantes, memorizar cada centímetro de piel, fundirse en un sólo cuerpo.

La explosión del hombre llegó en el momento justo, notó cómo se vaciaba en aquella mujer a la vez que ella gritaba de placer y dejaba que su cuerpo liberase toda su esencia. 

Satisfecho se volteó mirando al techo, cuando pudo recobrar el aliento se giró hacia su amante aún con la sonrisa dibujada en el rostro, mueca que se congeló al ver que ella lejos de tener veinticinco años casi cuadruplicaba la edad. La mujer le devolvió la sonrisa, la piel canela ahora era cetrina, los enormes ojos negros se habían convertido en pequeños pozos sin brillo, los carnosos labios rojos eran dos líneas secas en aquel rostro arrugado, el cuerpo se había transformado en un vetusto erial.

Al abrir los párpados pudo ver cómo aquella amante joven le daba de comer, su cuerpo postrado en una silla de ruedas no respondía, abrió la boca e ingirió de manera automática aquella papilla insípida, a su alrededor, una decena de ancianos eran alimentados por geriatras vestidos de blancos.

Mad el Mago 

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