Las delicias de Palmira

Las delicias de Palmira

Qué insolencia denotas. ¿Acaso no estamos siguiendo los designios de tu música, cual orquesta ceñida a tan férrea batuta? No es fácil seguir tus pasos, Palmira. Lo reconozco. Pero, una vez imbricado el camino, todo es dejarse llevar… Trasladarse a tus encantos para, como quien no quiere la cosa, esperar a que la vorágine de Eros te posea.

Sólo así podría embriagarme, aún más, de ti. Me persigno ante tu concupiscencia profunda, Palmira, ahondando en tu caverna acuosa. Su humedecimiento se entremezcla con el sudor emanado de este ingenuo mortal, desfallecido tras recorrer la orografía extenuante de tu silueta, como el poeta declama a su hetaira, repasando todos tus recovecos, previo ascenso y descenso vertiginosos.

Ahora me dispongo a hallar un grato cobijo en ti. Ansío tu dinamismo, sutilmente entregado para tan tumultuosa pugna, denotando nuestro deseo al igual que dos aguerridos luchadores imploran clemencia. Sí. Eso es… Así, moderata… Más andantina; así, allegre e vivace, rallentando nuestra lid.

Tu ritmo no ha de cesar, Palmira; ha de persistir hasta confluir en un espacio estelar de ecos dionisiacos, en el que el placer sea el docto y regio invitado. No te detengas, pues necesito contemplar cómo se interrelacionan tus movimientos, tal y como la naturaleza hace justicia a tu proverbial feminidad.

Te percibo intensa, asiéndome a tus suaves glúteos como si de un terco funambulista se tratara, mientras contemplo, a barlovento y sotavento, cómo tus senos y tus rizados cabellos asienten de manera uniforme al vaivén del compás de tu emanado jadeo. Mientras tanto, participo -entregado- dando consistencia a la introspección de nuestros sexos, tan deseados como deseantes, en el fragor de la batalla. Resuenan consignas marciales.

La luna nos acompaña, llena. Su fidedigno albor nos aporta una luminosidad suficiente que inmortalizará nuestra contienda. Todo es deleite y lujuria a tu lado, Palmira. Eres un ánfora repleta de lejanas esencias. Irrumpe en ti un vendaval de pasión en torno a la sublimación más erótica. Eres, pues, su personificación. Yo te magnifico.

Piedone 

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