Conversando desnudos en la cama

Conversando desnudos en la cama

Durante los años que he vivido (que no han sido pocos, lamentablemente) he podido encontrarme con multitud de cosas. Viviendo en la época en la que vivo, me he permitido experimentar toda clase de personas, tratando de mantenerme lo menos limitada posible. Si es cierto que a veces los prejuicios me ganan, pero solo basta con darme cuenta de ello para poder experimentar esas experiencias nuevas que tantos recuerdos graciosos me han dejado.

Hay personas que viajan y conocen nuevos países para contarles a sus nietos sobre todas aquellas aventuras que tuvieron. Yo hago algo un poco diferente, no sé si me explico bien. Se podría decir que exploro en cuanto a la carne, quizás.

Por haber conocido tanto, se me hacía difícil que pudiera sorprenderme, especialmente por alguien tan joven. No quiero que se me malinterprete: hay algo excitante en la juventud, especialmente cuando sientes que la estás corrompiendo. Pero eso excitante en la juventud tiene que ver con la inocencia, el desconocimiento, y para nada la experiencia. Lo excitante de la experiencia generalmente se encuentra en personas de cierta edad: mis contemporáneos, personas de mayor edad… yo misma.

No obstante, recuerdo con mucha sorpresa aquella charla de Pub que tuve con aquel chico que era muchos años menor. En principio podría decir que no había ningún tipo de interés sexual de su parte. O quizás solo lo disimulaba bien. La cuestión es que me miraba a los ojos y me hablaba con tanta convicción y conocimiento de esos libros que son tan gruesos que me da pereza de solo pensar en ellos. Por lo tanto, empecé, de alguna forma, a fantasear en el grosor de algo más…

No obstante, había algo en su conversación que me hacía sentir de una forma distinta. Porque no toda la conversación versó sobre eso, sino también aspectos un poco más profundos de la vida: sobre cómo todos buscamos el significado en distintas cosas, y como algunos pasan años buscando el significado a su propia vida sin encontrarlo. Él, muy alegre, me dijo que ya lo había encontrado: estaba en sus libros. Yo también lo había encontrado, solo que en ese momento me sentí un poco apenada de contarle que lo había encontrado en mi hedonismo particular (¡esos prejuicios!)

Había algo de melancolía también en esa conversación, no sé por qué.

Nos seguimos viendo y seguimos charlando. No podía entender cómo alguien tan joven pudiera hacerme pensar tanto en mi propia vida en las de aquellas personas que conocía. Así dejé de imaginarme el grosor de aquello que tenía allá abajo para imaginarme escenas más idílicas.

Y cuando nos terminamos acostando, que terminó sucediendo, casi por casualidad, podría decir que disfruté: fue en ese campo donde encontré esa inocencia y desconocimiento que son tan excitantes en la juventud (su cara al correrse en la mía fue un verdadero poema). Pero he de decir que yo disfruté más al escucharlo hablar, minutos después, completamente desnudos entre las sábanas…

No sé que habrá sido de aquel chico. Quizás haya encontrado a una chavala contemporánea con él, quizás incluso más inexperta.

Esas conversaciones desnudos fueron algo que quizás no pueda llegar a sacar de mi cabeza. Pero me queda el consuelo de que esos actos sucios y deliciosos que hicimos probablemente tampoco salgan de su cabeza.

¿Quién sabe? Quizás en el futuro, ese gran intelectual, escriba uno de esos libros eróticos recordando a aquella mujer mayor que lo folló como ninguna chica de su edad llegó a hacer.

El fin.

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