Una noche en Ibiza .

Una noche en Ibiza

Una noche en Ibiza .

—Empezó haciendo un ruido, por lo que redujo la velocidad hasta conseguir pararlo en un arcén. No era muy ducho en asuntos automovilísticos. Lo suyo siempre fueron los caballos. Precisamente venía de estar en la cuadra. Sintió un olor putrefacto que provenía de alguna parte del vehículo. Le resultó desagradable a la par que preocupante.

—¡Madre mía, es olor a algo muerto! Abrió el capó. Y sus ojos grandes ya de por sí, se volvieron inmensos, y en un impulso, se llevó el antebrazo a la nariz. Hizo una arcada. Se retiró y agarró unos guantes que llevaba en el maletero. Casi sin mirar, retiró el hallazgo. Lo introdujo en una bolsa de plástico, desinfectó sus manos al retirar los guantes, y regresó al todoterreno, preguntándose dónde depositar la desdichada ardilla. Arrancó y buscó un lugar para ofrecerle una digna sepultura. 

La condición de la carretera no era problema para la amortiguación del coche. Le desagradaba tener que frenar repentinamente, justo lo que hizo al toparse con otro vehículo en sentido opuesto. En la cara de ambos se adivinaba disgusto por el poco espacio disponible para circular. Ella que disponía de la posibilidad de arrimarse más a un pequeño descampado se retiró de la circulación. Al ver a la conductora más de cerca, se sorprendió. Conocía a esa mujer. Sí. ¡Era Macarena! Había olvidado lo bella que era. La vio por última vez hacía más de 15 años. Aquella noche no estaban solos, su amigo Edu les acompañaba por la zona de ocio nocturno ibicenca. Pedro, quedó prendado al instante de la sonrisa de Macarena. Entablaron una conversación que podía parecer insulsa, sin embargo, buscaron un lugar donde sentarse, y de allí se marcharon cerca de las 4 de la madrugada. 

—Mi coche está un poco retirado, ¿me podéis acompañar?

—Los dos muchachos aceptaron encantados. Pedro fue a darle un beso de despedida, cuando sin querer, como puede pasarte a ti o a mí, rozaron sus bocas. Ipso facto, Pedro sintió una presión en la parte delantera de su pantalón, sin poderlo remediar, ante la mirada risueña de Edu. Pedro había montado su tienda de campaña antes de lo esperado.

—Edu, y tú, ¿no vas a darme un beso de buenas noches?

—Sí. Claro —dijo decidido—

—Esta vez fue ella quien de manera deliberada besó a Edu, quien no sabía si acompasar sus labios a los de Macarena y dejarse llevar por ella, o retirarlos de manera cortés.

Los muchachos se miraban nerviosos, ruborizados, mientras la joven se acercó aún más a Pedro, halándole del cuello del polo que llevaba puesto. Volvió a desgarrar los labios de Edu con su lengua, que jugaba a su antojo, a la vez que Pedro humedecía su pantalón. Eso producía en ella una gran excitación. Llevó una mano hasta el pene, el cual se mostraba más robusto de lo habitual.

Edu ya no pensaba, únicamente actuaba. Abrió los botones superiores de la fina camisa que lucía Macarena, y empezó a devorar sus pechos, con la misma entrega que un niño saborea un Chupa Chups.

Los tres disfrutan del momento. Macarena no pensaba desperdiciar la oportunidad, y tal como las ovejas siguen a su pastor, ellos siguieron sus pisadas sin pronunciar palabra. Les llevó una zona apartada, y poco iluminada, donde los curiosos no les podían ver. Mientras les guiaba, como si de Pulgarcito se tratara, dejaba un rastro con su propia ropa. Ellos tenían para proseguir con su curiosidad por saber hasta dónde llegaría el juego. La contemplaron dirigirse hacia un árbol de grandes proporciones, donde sacó de su bolso, un pequeño frasco de perfume de feromonas. El olor produjo en los hombres un profundo deseo de recorrer todas y cada una de las partes del cuerpo, ya completamente desnudo de la joven. Edu empezó por volver a los sedosos labios. Mientras Pedro quería recorrer con su lengua las lomas de talla 100.

Agarrando el pito de Pedro, la mujer empezó a disfrutar de lo lindo viendo como soltaba las gotas del placer. 

Los chicos, tumban a la joven en el suelo, para poder notar el sabor de su vagina. Ella se retuerce. A continuación, es penetrada, por ambos, que, sin poder sostener tanta pasión, derraman todo el poder de sus miembros sobre los pechos de ella.

Canción «We Are Stars». The Pierces

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